Una máquina de aprendizaje sin chips, cables ni pantallas… y con más visión que muchos sistemas actuales.
En el universo de Bletchley Park, donde Alan Turing descifraba Enigma y nacía la computación moderna, hubo también otro genio con una historia menos conocida pero igual de fascinante: Donald Michie.
Michie tenía apenas 18 años cuando fue reclutado para romper códigos nazis. A diferencia de otros, no tenía formación técnica formal; lo suyo era el pensamiento lógico y la intuición matemática. En tiempo récord pasó de aprendiz a figura clave del equipo Newmanry, colaborando con máquinas pioneras como Colossus para descifrar los mensajes más secretos de Hitler.
Pero lo que más me inspira de Michie es lo que hizo después de la guerra.
En los años 60, cuando aún nadie hablaba de “machine learning”, Michie construyó MENACE, una “máquina” que aprendía a jugar gato (tres en línea) con 304 cajas de cerillos y cuentas de colores. No tenía pantalla ni algoritmo digital. Era un sistema tangible, donde cada caja representaba una posición del tablero y las cuentas, decisiones que el sistema aprendía a reforzar o descartar con la experiencia.
Lo que Michie creó no solo fue ingenioso: fue una visión anticipada del aprendizaje por refuerzo, como el que hoy utilizan los modelos de IA más avanzados. En su momento, MENACE empataba o ganaba sistemáticamente… sin necesidad de electricidad.
Este tipo de historias me recuerdan que la IA no nació con los GPUs ni con los transformers. Nació con curiosidad, con desafíos, y con personas que pensaban desde lo fundamental. Desde la lógica, la percepción, y las ganas de entender el aprendizaje, no solo programarlo.
Si hoy hablamos de IA como herramienta clave para el análisis, la creatividad y la educación, vale la pena recordar estos orígenes. Porque entender a Michie es entender que el aprendizaje, como todo lo humano, también puede empezar con una caja de fósforos.
